Marxismo fiscal

Escrito por Antonio Durán-Sindreu Buxadé | Fiscal

11/02/2020

Creo sinceramente que los políticos no fomentan una conciencia tributaria sana. Y lo digo porque, para muchos, el foco se centra en promover una “lucha de clases” entre “ricos” y “pobres”. Se afirma, así, que la redistribución consiste en que los primeros transfieran dinero a los segundos. Se repite hasta la saciedad que aquellos han de pagar más. Tanto, que para unos la riqueza, que identifican con el “empresario”, es sinónimo de privilegios y desigualdades; riqueza que asimilan al perverso capitalismo que, como colofón, es dañino por naturaleza. Eso sí; no nos paramos a pensar qué es ser rico, o, mejor, si es lógico que, tomando como referencia los tipos de IRPF, su posible identificación es tan dispar como CCAA existen.


Sin negar que todo “paradigma” esconde algo de verdad, el problema no es la riqueza, sino la pobreza. Sea como fuere, el principio constitucional de generalidad exige que todos, y no solo los ricos, contribuyan de acuerdo con su capacidad económica, esto es, que pague más quien más tiene; circunstancia que, sobre el papel, ya se produce, al menos, en el IRPF, en el que, a mayor renta, mayor es la tributación. Cuestión distinta es la progresividad, esto es, que esa mayor tributación no solo sea proporcional sino progresiva, circunstancia, por cierto, que no exige que los tipos sean progresivos y que afecta, también, a todos los contribuyentes sin excepción. Cuidado pues con ese lenguaje engañoso.


El objetivo de los impuestos no es castigar a los ricos y favorecer a los pobres. Esto no es “justicia social”. Es expropiación. Su objetivo es que “todos”, sin distinción, contribuyamos de acuerdo con nuestra capacidad; contribución cuyo destino, en términos de bienestar y dignidad, es evitar la vulnerabilidad y exclusión social y garantizar la igualdad de oportunidades.


Pero para redistribuir la riqueza hay que crearla. Por ello, la prioridad es promover su creación en un contexto de honestidad, ausencia de privilegios, responsabilidad social, libre competencia, y control. En definitiva, libre iniciativa, emprendeduría, economía productiva y buena gobernanza. El objetivo, pues, es dignificar la riqueza fruto del esfuerzo y la innovación; del trabajo y la responsabilidad. Este es, además, el único camino para recuperar la primacía de la clase media y reducir la desigualdad.


Entristece pues observar cómo diferentes sectores critican sin más la subida de impuestos sin poner sobre la mesa una alternativa a un modelo fiscal agotado e impropio de una economía abierta y globalizada. No hay ideas disruptivas. Solo hay crítica. Y lo que falta son ideas “nuevas” vinculadas a la creación de riqueza en un contexto de una nueva fiscalidad que, personalmente, califico como “social”. Se trata de incentivar a quien de forma socialmente responsable contribuya a su creación. Pero de esto hablaremos otro día. Entretanto, huyamos del “marxismo fiscal”.






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