Colapso fiscal: populismo o realismo

Escrito por Antonio Durán-Sindreu Buxadé | Fiscal

09/03/2018

Estoy cada vez más convencido de que el día a día nos impide ver con claridad el mañana. No somos conscientes de la imperiosa necesidad de empezar a construir un proyecto social y económico de futuro. Todo se deja al albur del crecimiento económico y a las improvisadas propuestas de nuevos impuestos o deducciones.


Pero la verdad es que mientras las empobrecidas clases medias procuran sobrevivir, los indicios de nuestro posible futuro son alarmantes: disminución de la tasa de natalidad, precariedad laboral, envejecimiento de la población, elevada tasa de paro estructural, aumento de la esperanza de vida, déficits educativos, efecto sustitutivo derivado de la inmediata aparición de los robots, aumento del umbral de la pobreza, mayores desigualdades en términos de renta y de riqueza, incremento de la pobreza infantil, y un preocupante y largo etcétera.



Es pues evidente la necesidad de afrontar ya los cambios sociales y económicos necesarios para construir la sociedad del futuro; un futuro en el que es imprescindible diseñar una estrategia educativa con la mirada puesta en los trabajos emergentes, en la persona y sus virtudes, en un Estado justo, en el mercado de trabajo que el futuro nos depara, en las mayores necesidades de una sociedad con una mayor esperanza de vida, y en una sociedad social y éticamente responsable.



Y la solución, entre otras, es la de crear nuevas fuentes de ingresos que nos permitan cubrir los mayores costes del inevitable futuro. Al margen de la irrenunciable, necesaria y pertinaz lucha contra el fraude fiscal, hay que reconocer que la presión fiscal es hoy para las clases medias asfixiante; no hay margen de maniobra. Hay también que reconocer que la lucha contra la elusión y evasión internacional exige una actuación conjunta y coordinada de todos los países, circunstancia, sinceramente, que veo poco probable. Por su parte, la UE parece estar más preocupada por los efectos que como ayudas de Estado tienen determinadas prácticas fiscales que por la elusión fiscal en sí misma. Pero sí; es cierto, hay avances notorios en este tema. Por otra parte, la globalización y la internacionalización de la economía han producido una importante deslocalización empresarial en busca de aquellos países con mejor y más baja fiscalidad. Es pues necesario ser realistas y dejar correr la imaginación. Las dos cosas.


Ser realista exige reconocer que nuestro sistema fiscal tiene un bajo poder recaudatorio. Es, para entendernos, un sistema con tipos impositivos formalmente elevados pero con tipos efectivos muy bajos. La diferencia entre unos y otros es la compleja y amplia amalgama de privilegios, beneficios, incentivos y reducciones fiscales que es necesario revisar; privilegios en los que hay que incluir el amplio elenco de exenciones actualmente vigente. Ser realistas exige también reconocer que la distribución real de la progresividad nada tiene que ver con su distribución teórica. Tenemos pues un sistema tributario con graves déficits redistributivos. Ser realistas exige igualmente promover la creación de riqueza y su dignificación. Sin mayor riqueza no es posible crear empleo ni generar nuevos recursos; y sin crear empleo nuestro actual sistema de pensiones es insostenible si tenemos que afrontar los costes que representan los cada vez mayores años de vida que este ha de financiar. Promover la riqueza y dignificarla es desburocratizar la empresa, dotarnos de instituciones públicas eficientes, fomentar la colaboración público-privada, apostar por la profesionalización de nuestras PYMES, promover una economía ética y socialmente responsable, mejorar la eficiencia económica, incentivar la emprendeduría, y apoyar decididamente el I+D. Y eso, claro está, exige promover un clima de confianza, seguridad, ilusión y estabilidad.


Pero como decíamos, también hay que ser imaginativos. Esto requiere empezar a rentabilizar las ayudas públicas, esto es, a participar en los resultados de aquellas inversiones o ayudas que las Administraciones realicen en el contexto de la necesaria colaboración público-privada, empezar a diseñar la fiscalidad de los robots, afrontar la inevitable y urgente fiscalidad verde, sustituir las ayudas fiscales por créditos fiscales reintegrables, introducir una tributación mínima en concepto de IS para aquellas empresas de ámbito internacional, diseñar un verdadero impuesto sobre la riqueza, desincentivar el remansamiento ocioso de beneficios, introducir componentes de progresividad en el IVA, incentivar la creación de empleo con créditos fiscales reintegrables equivalentes a los costes salariales, fomentar de idéntica forma la profesionalización y crecimiento de las PYMES, etc.



Pero aun así, no es suficiente. La Administración ha de mejorar la eficiencia en la gestión del gasto y priorizar sus decisiones. Es más necesario que nunca un sincero y realista análisis de la eficacia de las actuales políticas de gasto e inversión. Es imprescindible someter a auditoría externa e independiente la eficiencia en la gestión del gasto y la eficacia en sus políticas. Hay que ser capaces de crear referentes sociales, éticos y económicos a los que aspiremos a compararnos. Y hay que avanzar hacia una cofinanciación de los servicios públicos “individualizables” como forma de excluir de nuestra mente la dañosa cultura de lo gratuito y de inculcar el necesario compromiso y responsabilidad social. En definitiva, hay que elegir entre populismo o realismo. De lo contrario, estamos condenados al colapso fiscal.




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